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Gente se informa de las medidas preventivas contra el coronavirus en Idlib, Siria.Muhammed Said/Anadolu Agency via Getty Images

Además de su letalidad y la disrupción que provoca, y que aún podría empeorar y extenderse de forma terrible, la epidemia de coronavirus puede tener unas consecuencias políticas que persistan mucho después de que se haya contenido el contagio. He aquí siete aspectos especialmente preocupantes.

La pandemia de COVID-19, sin duda, constituye un desafío histórico para la salud pública y la economía global. Sus consecuencias políticas, a corto y largo plazo, son menos conocidas.

La epidemia mundial tiene el potencial de causar estragos en Estados débiles, desencadenar disturbios generalizados y poner seriamente a prueba los sistemas internacionales de gestión de crisis. Sus repercusiones serán especialmente graves para los que viven en situaciones de guerra si, como parece probable, la enfermedad interrumpe la llegada de ayuda humanitaria, restringe las operaciones de paz y hace que las partes en conflicto aplacen o distraigan su atención de los esfuerzos diplomáticos tanto incipientes como en marcha desde hace tiempo. Los dirigentes sin escrúpulos pueden querer aprovechar la pandemia en su propio interés, aunque eso agudice las crisis nacionales o internacionales —por ejemplo, reprimiendo a la disidencia interna o provocando una escalada bélica con Estados rivales—, dando por sentado que van a poder salirse con la suya mientras el mundo está pendiente de otras cosas. La COVID-19 ha alimentado las fricciones geopolíticas: Estados Unidos acusa a China de la enfermedad y Pekín trata de hacer amigos ofreciendo ayuda a los países afectados, lo que está exacerbando las tensiones entre las grandes potencias y complicando la cooperación á la hora de gestionar la crisis.

Todavía no está claro cuándo ni dónde golpeará más duro el virus, ni tampoco cómo van a confluir los factores económicos, sociales y políticos ...